Breve semblanza del restaurante “El Ingenio”

Esta casa abre sus puertas por primera vez en noviembre de 1960, de la mano de nuestros padres Marcelino Morán y Carmen Arteaga. Ellos, grandes admiradores de la descomunal figura de Miguel de Cervantes, le buscan un nombre en clara referencia a este “príncipe de los ingenios”. No es de extrañar pues que, toda la decoración, gire tanto en torno a la figura del insigne alcalaíno como al producto de su ferviente imaginación.

En todos los rincones encontramos reproducciones, litografías, bandejas, elementos curiosos (sellos, vitolas, naipes, cupones de la O.N.C.E., cajas de cerillas…) y, cómo no, una extensa biblioteca con numerosas ediciones de El Quijote en distintas lenguas y dialectos: desde el bable hasta el vietnamita, desde el quechua al latín macarrónico, desde el chino al mallorquín, o al indio, o al árabe, o al moldavo, o al búlgaro, o al japonés, o…

Mejor no seguir pues gracias a nuestros “amigos-clientes”, se encuentra siempre en constante expansión.

Es “El Quijote” precisamente, capaz de ningunear a todo lo que se le ponga por delante incluido a su mismísimo progenitor, el que lleva a identificar a “El Ingenio” más con el aguerrido caballero que con don Miguel. De aquí a identificarnos con La Mancha y con tradición manchega sólo hay un paso. Pero paso erróneo al fin y al cabo.

Tanto Marcelino (asturiano) como Carmen (madrileña), buscaron la cocina española de toda la vida. Esa cocina sabia y humilde que compagina perfectamente platos andaluces y catalanes, gallegos y extremeños, de Madrid y de Valencia: en definitiva, Norte y Sur, Este y Oeste, para que el Centro sea el comensal que se siente a una de nuestras mesas en busca de los sabores que, hace mucho tiempo ya, se encontraban en la comida familiar de sus casas.

Más de medio siglo después, la segunda generación que continúa aquella iniciativa, trata de no desvirtuar la filosofía con la que se abrió “El Ingenio”: alimentar tanto cuerpo como espíritu y, con los nuevos tiempos, seguir siendo un referente de la comida de siempre, entre la vorágine de las modas foráneas que pueden hacer que se nos olviden nuestras raíces.

Como homenaje (humildísimo homenaje) pongo punto… y seguido como Él lo hizo: VALE